EL CAMINO DE LA MUERTE

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Por Marco Bustamante  //
Especial desde Chile //

En una soleada mañana de primavera llegamos a Santiago de Chile, en el casco histórico de la ciudad, nos aguardaba el investigador Fernando Navarro para acompañarnos en lo que sería un “viaje en el tiempo”. Desde un pequeño café a pocos metros del Palacio de la Moneda, partimos rumbo a nuestro destino.

Gran parte del trayecto, lo hicimos por una estrecha ruta que conduce al volcán San José. El enorme cono activo, es tan grande, que es compartido entre dos países, del lado argentino, la ladera se encuentra en Mendoza, más precisamente en el departamento San Carlos, distrito de Pareditas. Ahora estábamos en el costado Oeste del volcán, en un lugar conocido como “Cajón del Maipo”.

Mientras nos alejábamos de la capital de Chile y aproximándonos al límite con nuestro país, el paisaje se vuelve cada vez más impresionante, enormes formaciones rocosas y un gran río producto del deshielo, nos escoltó hasta llegar al destino.

Detrás de una prolija y antigua pared de piedra, nos esperaba el antiguo “Preventorio” de la Cruz Roja Chilena. El lugar, que ha permanecido cerrado por 40 años, abrió sus puertas para recibir a este equipo periodístico.

En su época, este sanatorio, recibía niños de Santiago y sus alrededores, que habían tenido contacto con la tuberculosis (Ver “El preventorio de los Andes”). Los médicos de la época, describían los síntomas: llegaban al lugar con los tejidos blandos, con sus músculos flácidos apenas desarrollados, con el dorso encorvado, los omóplatos salientes, con el vientre abultado, caído en su parte inferior. La expresión de la cara era triste, fatigada, los rasgos extenuados, caídas las comisuras de los labios.

En condiciones ideales, después de tres o cuatro meses de tratamiento, los niño se recuperaban, sus tejidos volvían a estar firmes; sus músculos se tonificaban y la piel tomaba su color natural; Pero claro, no todos lograban esos resultados y muchos perdían la vida en el intento de vencer a la tuberculosis.

Un gran gesto de los profesionales del preventorio, era permitir, en algunos casos, que los pequeños fueran traslados a unas reposeras ubicadas al costado de un riachuelo, para que la última imagen que tuvieran de este mundo, fuera la de un sitio agradable, placentero y no una fría habitación de hospital.

A ese trayecto, las personas del lugar lo bautizaron “el camino de la muerte”. Por ese sendero, cientos de pequeños fueron llevados en camilla para vivir sus últimos momentos. Por más que pasó mucho tiempo, su energía todavía está impregnada el ambiente. Este equipo periodístico, pudo constatar la “carga especial” del sitio.

Se hizo de noche, trabajando sin luz, y en lo profundo del bosque, permanecimos hasta las tres de la madrugada; realizamos mediciones, registramos algunas psicofonías, pero por sobre todas las cosas, pudimos comprobar que los espectros que habitan el sendero, lejos de intentar asustar o intimidar, buscan acompañar a las personas y no tienen intención de hacer daño. Recorren el sendero como si jugaran un juego eterno.

Amanece en Cajón del Maipo, el bosque se ilumina, la claridad acaba con las monstruosas sombras. Con la satisfacción de haber conocido un lugar increíble, cargado de historia y emociones, nos preparamos para volver. Mientras la camioneta que nos traslada emprende el regreso, por el espejo, nos parece ver a lejos, en lo más profundo del “Camino de la muerte”, la figura vaporosa de un niño que contempla con melancolía nuestra partida.

El “Preventorio” de los Andes

Como medida profiláctica, para aquellos niños que habían tenido contacto con el bacilo pero sin desarrollo de la enfermedad activa, se diseñaron los Preventorios Infantiles. Estos establecimientos tuvieron su origen a comienzos del siglo XIX en las “escuelas al aire libre”, organismos que se extendieron a lo largo de todo el mundo y cuya finalidad era mejorar las condiciones generales del niño, pero desde un enfoque más bien pedagógico. El 15 de diciembre de 1929, bajo iniciativa de la Cruz Roja Chilena y siguiendo estrictamente las recomendaciones internacionales, abrió sus puertas el Preventorio Infantil de Montaña en San José de Maipo, para el cobijo y atención de niños de escasos recursos que habiendo estado en contacto de tuberculosis, no manifestaban evidencias de infección. Tras seis décadas de funcionamiento, debido a la falta de recursos para su mantención, en el año 1992, el edificio debió cerrar sus puertas, siendo declarado Monumento Histórico Nacional el año 2004.

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La Peor de las Pestes

La tuberculosis, conocida en tiempos de Hipócrates como “tisis”, consunción y posteriormente como “peste blanca”, ha cobrado más víctimas que cualquier otra enfermedad a lo largo de la historia de la humanidad; de hecho, hace tan sólo 70 años, era responsable de la cuarta parte de las muertes notificadas en países como Chile.

No obstante la antigüedad de la tuberculosis, los avances en su estudio, control y tratamiento son relativamente nuevos. Previo al descubrimiento de Koch el año 1882 y mucho antes de la introducción de la estreptomicina en 1944, existía una percepción de la transmisibilidad de la enfermedad y los tratamientos medicamentosos eran poco eficaces.

A fines del siglo XX se crearon los Sanatorios Antituberculosos, donde se administraba una terapia orientada a detener la consunción mediante el reposo, aire libre y adecuada alimentación en la “Cura Sanatorial”; así se cumplía simultáneamente el objetivo de aislar al enfermo del resto de la población.

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