MATERIAL EXTRA / LO EXTRAÑOS MENHIRES DE TUCUMAN

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En puridad, como el término “menhir” es de origen celta, deberíamos llamarles -y lo haremos de ahora en más- como le llamaban y aún le llaman los autóctonos: huancas.

La perimida concepción de clanes nómades y aislados cruzando las estribaciones precordilleranas, incultos y desarrapados, alimentándose de carne apenas cocida y siempre beligerantes con los forasteros, con un primitivismo teológico irracional, es parte de las fábulas escolares que desde la más tierna infancia nos inculcan en esta Argentina de ínfulas europeizantes y bolsillos cuasi africanos.

Con la módica excepción de diaguitas, en el extremo más noroeste de la actual república y supuestamente bajo la influencia civilizadora de los incas, se sobrentiende que en el resto de nuestra dilatada geografía campeaba la pauperización intelectual. Quizás no hallemos grandes centros urbanos como en México o Perú, pero lícitamente debemos preguntarnos si la cultura y la civilización solo tiene como baremos el tamaño de los edificios. Creo que la evolución (más aún, si se acentúa en lo espiritual trascendiendo lo intelectual) puede quizás apenas dejarnos ecos de su presencia. Y cuanto más fuertemente simbólico, cuando más metafórico su discurso, cuando más oscuros sus visajes, más profundo su significado.

Estamos en la provincia de Tucumán, bien llamada El jardín de la República, cuna de la Independencia y tierra de azúcar, bebidas fuertes y mujeres bellas. Ubicados en el pueblito de El Mollar, a poco de transitar entre nubes y cambios fantásticos de vegetación y altitudes los llamados Valles Calchaquíes, mágicos y paradisíacos, se trata de -hasta ahora- 144 piedras enhiestas sobre las que reflexionaremos a continuación. Se supone que hay más, perdidas aún en las estribaciones rocosas. En puridad, como el término “menhir” es de origen celta, deberíamos llamarles -y lo haremos de ahora en más- como le llamaban y aún le llaman los autóctonos: huancas.

Nada se sabe (por lo menos, en esto los arqueólogos son sinceros) sobre su verdadera razón de ser, su finalidad, quiénes fueron sus artífices. Solo se sabe que, desde siempre, estuvieron allí.

El parque de huancas de El Mollar

Huanca es a la vez el objeto y lo que representa. Huanca es la piedra, pero como tal, el signo y rostro implícito que le dan vida. Suponen los arqueólogos -que como siempre llenan las lagunas de información fehaciente y certezas con especulaciones que a fuerza de abstrusas y complicadas parecen académicas- que ignotos dioses lares o deidades de los elementos de la naturaleza trataban de ser representados en ellas. Puede ser. O no. Así que quiero comenzar señalando algunos detalles interesantes:

Como dije, en el parque se encuentran 144, aunque se supone que puede haber más. Pero no están en sus emplazamientos originales. Fueron traslados de distintos puntos de los mismos Valles Calchaquíes: Infiernillo, Tafí del Valle, río El Rincón, Río Blanco, Casa Vieja. La razón del desplazamiento fue su preservación: ciertamente, en tres de ellos pueden observarse estúpidos graffitis hechos con pintura en aerosol. Lamentable. Pero trasladarlos también fue lamentable: así, se les “descontextualizó”; si tuvieron una significación trascendente en función del lugar de emplazamiento, ese recuerdo se ha perdido porque –anonadadamente– no se conservó registro detallado del punto en que cada uno fue extraído. Hallar un trozo de antigua cerámica con inscripciones es interesante, pero si se desconoce el horizonte cultural, si no se tienen referencias del estrato geológico donde estaba, si el marco de otros restos o deshechos es olvidado, ¿cuál es su valor?

Sostengo firmemente que en todo el mundo los menhires son a la superficie terrestre lo que las agujas de acupuntura a nuestros “nadis”, “madras” y “chakras”. Sostengo que los pueblos antiguos sabían de las propiedades energéticas de cada paraje, de aguas, ríos, montañas, selvas, llanuras, y aprovechaban, quizás con fines trascendentales, esas líneas de energía activándolas mediante la ubicación de menhires en puntos de cruce energético. Radiestésicamente, aún hoy estos huancas tienen una gran energía residual.

Es clarísimo que estos objetos líticos pertenecen a distintas culturas y distintos momentos históricos: pulidas columnetas de granito, donde la mano se desliza suave sobre la tersa superficie, conviven lado a lado con bastas e irregulares areniscas labradas casi a golpe de piedra roma. Grecas elaboradas de aspecto incaico unas, centroamericano otras, quizás polinésicas, aparecen próximas a esquemáticos rostros intuidos en apenas un arañado de la superficie. Huancas de casi tres metros de altura nos distraen, poniéndonos en peligro de tropezar con unas pequeñas, de 50 centímetros, casi indistinguibles del paisaje.

Esta es la característica dominante que le da título a este artículo. El matiz afortunado que alguien decidiera reunir todos los menhires – huancas en un mismo lugar es que las comparaciones son más evidentes y obvias. Así, el aspecto contundentemente fálico (y por ende, se supone propiciatorio) de alguno es contrastado por la complejidad simbólica de otro.

Unos pocos tienen unas extrañas y profundas perforaciones en lo que se entiende como su parte superior. Se especula que sirvieron para fijar allí palancas para su movimiento. Extraña suposición, porque las lajas que sí los presentan no exceden el metro de altura, mientras que los más gigantescos, que sin duda hubieran necesitado de artilugios aunque bastos y primitivos, no presentan ninguno. Más aún; uno de los objetos, a diferencia de todos los demás -obsérvenlo abajo- es casi cuadrangular. Imagínenlo puesto de costado, y no se distinguiría de cualquier bloque de revestimiento de algún muro en Tiwanaku, Sacsahuaman o Macchu Pichu. Más aún, este bloque es el que presenta la perforación más simétrica, prolija, casi diríamos, mecánica. Mi hipótesis: no es originario del lugar, quizás sí formara parte de alguna construcción y, definitivamente, define por sí mismo otro horizonte cultural.

Cualquiera que haya tenido la oportunidad de pasar unos días en los Valles Calchaquíes, gozando del espectáculo de los rayos de sol quebrando la densa y baja capa de nubes buscando iluminar los espejos de agua y las quebradas, comprende porqué este fenómeno arqueológico es único en toda la actual Argentina y me atrevería a decir en toda la América del Sur. No se necesita recordar aquí las pervivencia mítica de las antiguas leyendas. Otro día (prometo) hablaremos sobre las “salamancas”, aquellas cuevas donde el Diablo (dicen las ancianas monsergas) enseña a los hombres talentos y secretos del universo a cambio de sus almas. Y no es ocioso recordar que la creencia popular susurra que fue en una salanca de los Valles Calchaquíes donde, entre otros, el inolvidable Atahualpa Yupanqui recibió del Señor del averno la magia de su prosa inigualable. Que distintas etnias hayan elegido ese lugar para levantar estas huancas, para sembrarlo de menhires como en ningún otro, ratifica lo que mi subjetiva percepción supo señalarme: bajo los pies del turista cansino, a las afueras de las cabañas paradisíacas que se construyen en el lugar, duerme una energía latente en la Madre Tierra que embruja, que atrapa en la telaraña del ensueño, de la que cuesta arrancarse para regresar al cotidiano trajín. Una energía que, no lo dudo, ha de tener otras funciones y utilidades, otros efectos y consecuencias, que el de la mera, pero inevitable, fascinación que me produjeron.

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